Todos somos especiales

Mostrando entradas con la etiqueta fuego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fuego. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Ya si eso...


Ya si eso te aconsejo que no te entretengas en mirarla, ni en intentar adivinar que coño piensa porque es un cubo de Rubbick elevado al cubo. Es un misterio de los que enganchan, de esos tipo Mario Bros en los que atravesarías más de un mundo absurdo solo por intentar darle un beso. Tiene cara de otoño y una sonrisa de verano, esa que cuando le sale, no sabrías adivinar el color de sus ojos porque te fijas más en la forma de su boca. No pierde las formas nunca, aunque a veces sueñes que las pierde. Sabe lo que quiere o por lo menos eso proyecta, sabe estar y saber ser, pero no sabe parecer, y eso en los días que pasan vale más que cualquier trato, apuesta o contrato. La he visto andar, con esos andares de péndulo hipnótico que no te cansas de mirar, y que hasta el suelo le agradece las huellas que deja. Sabe que la vida puede ser un camino de rosas, aunque tenga que tener cincuenta ojos al coger alguna porque al final se va a pinchar; pero no pasa nada, se chupa la sangre del dedo y sigue sonriendo. Sabe algo del dolor, pero lo mezcla con miel, esa que desprende cuando te saluda y se te queda cara de idiota. Es de las que mira al cielo, que no es lo mismo que mirar hacia arriba, porque tiene la certeza y la tranquilidad, que desde arriba tienen un trato con ella, igual que lo tengo yo. Alguna vez le recuerdas que te quiera, y te dice que sí, que ya lo hace, y aunque te lo diga por wathsApp uno se lo cree porque por lo menos querría pensar que es verdad. Basta un paseo en una moto verde después de una noche al conocerla, y tirarte hablando con ella una hora y media debajo de su casa, echando un cigarro, sólo para darte cuenta, de que si está contigo mirándote de frente y por derecho, se te olvida fumarte el cigarro y el frío del amanecer, y te encanta que te queme, simplemente, porque ella es puro fuego...
Francisco Bonilla Lozano.

No quiero un diciembre sin ti

Temía que algún día llegase a pasar, que la tortura de vernos y querer tocarnos me llevase a escribir para intentar que dejase de doler.
Y ojalá tuviese trazado un plan y como quien coloca las piezas de un puzzle pudiese entender qué llevas en ese corazón en llamas.
Y ojalá el casi hubiese decidido adentrarse en la aventura y vivir para recordar aunque solo fuese para evitar que duela cada zona que haya rozado tu sonrisa y así, poder equilibrarme en tu mirada.
Pero la vida todavía no te ha dolido lo suficiente y vuelves a lamentarte en imperfecto. 

Y no quiero un diciembre sin ti, no quiero una resaca sin tu sonrisa en mi pecho, no quiero que vuelvas a decirme que nada puede ser cuando queremos darnos todo.
Y aquí estoy, con un cigarro en la mano, intentando hacer círculos como las ruedas de aquel tren en el que decidiste marcharte. El humo llega hasta mis pulmones sin que yo me dé cuenta y creo que fue así como quemaste mi corazón.
Recuerdo que también quise dejarlo, pero cuando llegó el día en el que empezó a doler, mi corazón ya estaba hecho cenizas. A veces me pregunto si no viviríamos mejor en el mundo de los muertos, allí las palabras ya no significan nada y podría enamorarme del silencio.